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La moneda está en el aire

VERTEBRAL.

Le relataba hace algunas semanas el día que fui a surtir la despensa de casa.

Ya consciente de la presencia del Covid-19 en México, con apabullante información proveniente de todos lados, con mi padre médico, con datos de la Organización Mundial de la Salud y con el reciente descubrimiento de mi hipocondría, hice un ejercicio de la cadena de contagio que pude haber experimentado al momento de llegar y salir del establecimiento.

Le puedo hacer una apuesta casi triunfadora, ahora mismo usted cree que tiene “el bicho”, lo sé (primero) porque yo lo experimento, lo sé porque mis compañeros de trabajo están de la misma forma, lo sé porque mis hermanos me lo han manifestado, la consciencia es (paradójicamente) nuestro peor escenario.

Compré jamón, un desodorante, jabón de manos, algunas frutas y verduras.

Llegué a la caja y la señorita (con una frase basada en un protocolo de atención al cliente) me preguntó:

“Encontró todo lo que buscaba”, sí, le contesté y comenzó a cobrar los productos por el lector óptico, sin guantes, sin cubrebocas y el “cerillito” comenzó a empacar los artículos en las bolsas reciclables (que por cierto no se me olvidaron), otra vez, el chico sin guantes, sin gel antibacterial, sin ningún tipo de cuidado.

No es culpa de ellos, es responsabilidad de todos.

Días después, el Gobierno del Estado instó a los establecimientos comerciales a dejar pasar a un solo adulto por familia, sin niños, nada más a uno.

La gente simplemente no comprendió el mensaje intrínseco de la autoridad.

Ahora (efectivamente) las familias completas van a abastecerse de insumos y solamente entra una persona, pero el resto de los integrantes se aglomera a las afueras de los supermercados ¿Por? Que parte no ha quedado clara:

Ya fue una disposición del Gobierno que, a su vez, fue adoptada por los centros comerciales, pero nosotros mismos seguimos con la misma mentalidad y no obstante, los clientes (o sea, el resto de la familia que se queda afuera esperando a que salga el comprador) se molestan con los empleados que, a duras penas, comprenden la contingencia y acatan la restricción, los insultan, los amedrentan y todos ahí, sin “Susana Distancia”, sin cubrebocas, contrariando el discurso que todos sabemos.

Al margen del personal que atiende a pacientes en clínicas del sector salud (público y privado) que son considerados héroes, los empleados de los centros comerciales deberían ser tratados y honrados como tal, la cadena de contagio justamente está ahí y ellos expuestos, qué debe pasar para que nuestra consciencia no se vuelva personal sino colectiva ¿Un toque de queda? Ya lo descartó el Gobierno Federal, como dicen los que saben:

La moneda está en el aire, juzgue usted.

angel.carrillo@multimedios.com