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El regalo que no pude rechazar

VERTEBRAL.

No quiero herir susceptibilidades, por eso pido una disculpa anticipada a quien no comparta mis preferencias religiosas, si no quiere leer esta experiencia, brínqueme, nada más.

Era muy común que mi madre me repitiera una frase que comencé a odiar ante la constante y luego de platicarle (medianamente) algún problema de cualquier índole: “Dios te habla, abre tu boca y háblale tú”.

El jueves pasado me citaron a una comida, antes de llegar al lugar iba en el coche algo apático, cansado, apesadumbrado, presionado, cuestionado, sin ánimos de hacerle al interesante, iba por cumplir solamente.

Al llegar al sitio me recibió un grupo de personas, destacaba un hombre que de inmediato se presentó, me invitó a pasar y comenzó el diálogo que lejos del propósito laboral, se convirtió en una catarsis filosófica:

Para qué venimos a la tierra, por qué Dios nos tiene aquí a pesar de todas las batallas que enfrentamos a diario, cómo se debe ejercer el poder, de qué manera podemos rescatarnos como comunidad, con la solidaridad hacia la gente que se encuentra a nuestro alrededor y no nos referíamos a la familia sino literalmente a nuestro prójimo.

El personaje en cuestión me confesó que nació en San Joaquín, un sector muy complicado en materia de violencia y propagación de vicios, narró la manera en la que comenzó a trabajar como “checador” de horarios en los camiones, el respeto que debemos tener de las personas, de sus formas de pensar, de actuar, de sus vicios porque “quién sabe lo que traemos en la cabeza”.

El hombre se preocupaba por dejar un legado (todos tenemos esa dura encomienda, que más que encomienda resulta una ambición) nunca se dio cuenta que el legado ya estaba implícito, porque su hijo mayor lo veía y escuchaba atento desde tres o cuatro lugares de donde él estaba sentado.

Hablamos de los pecados capitales, (parecería broma, pero resulto un ejercicio de consciencia) y del orden en el que los manifestábamos en nuestras vidas.

Al final de la comida, el personaje me hizo un obsequio que me dejó sin aliento, no es costoso, es más, ya estaba usado, el verdadero valor que cobró fue que recibí el mensaje de “arriba” a través de Gerardo, a quien agradezco la experiencia, la forma desenfadada con la que ve la vida, la practicidad con la que mueve sus piezas, “el sentido común”.

Dios me habló y me siento reconfortado por hoy.

Otra vez pido una disculpa por lo poco ortodoxo de mi texto, pero también es mi derecho en los terrenos de la libertad de expresión.

angel.carrillo@multimedios.com