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De felicidad virtual

Alfonso Villalba.

Histéricos, furiosos, desquiciados, descocados. Al extremo último de la psicosis provocada por la pandemia, la sana distancia o reclusión total, por los mensajes cruzados, las noticias, las imágenes e historias proyectadas en tiempo real. Los rumores, la indecisión de gobernantes propios y ajenos.

La política promiscua que se metió en la cama con la ciencia. Los científicos que se volvieron aprendices de políticos, y zalameros, tergiversan los datos duros para complacer a quien supuestamente manda. Las fake news, las descalificaciones, los oportunistas, los proverbiales emisarios del pasado, los intereses oscuros, los intereses legítimos.

Las fuentes de información oficiales, los datos, los expertos -¡joder! cuántos expertos hay en epidemiología, en modelos matemáticos de predicción de contagio, de atención médica a un virus nuevo, de las disciplinas que estudian la probabilidad.

En este maremágnum de opiniones, de epítetos, de acusaciones, de claras muestras de ignorancia supina, en este mundo y en este entorno que vivimos presos del miedo, del pánico ante la pandemia, ante la pobreza que se anuncia, ante la crisis por perder el empleo, el consumo y el sustento, con los vaivenes de quien lo utiliza para jalar agua a su molino.

En este mundo tan revuelto, donde todos somos dueños de una opinión que creemos es informada, autorizada. Donde volvemos dogma a la posverdad, donde por leer encabezados nos sentimos una fuente informada y de sabiduría para poder esgrimir u orientar el destino de la humanidad.

En esta avalancha de trapacerías, también, ya despojados de sentido común, nos tornamos en el proverbial chivo en cristalería y arrancamos una carrera furiosa hacia ninguna parte, creyendo que es la escapatoria y cargándonos en el camino los delicados cristales de nuestra autoestima, respeto por nosotros mismos, valores y demás elementos que constituyen nuestro pequeño patrimonio de elementos de valor que, por encima de los bienes materiales, nos hubiesen permitido, en otras circunstancias, identificarnos como pertenecientes de algo más que un vulgar centro de consumo, un ente generador de rutinas sin sentido y sin mayor aspiración que la supervivencia trivial.

Y es precisamente en esa furiosa carrera hacia la escapatoria en la que nos encontramos con algo acaso más escalofriante que el propio virus que amenaza con penetrar en el sistema inmunológico de la aplastante mayoría de la humanidad.

Este concepto sembrado por algunos desde distintas posiciones, latitudes y trincheras, tan escalofriantemente cínico. Algunos discuten que es una buena oportunidad para deshacerse de los viejos, para poder decidir a quién privilegiar en términos de un tratamiento médico, para poder dar una cama a quien tiene un futuro más longevo en términos de productividad, de generación de una renta para un estado determinado, en términos de poder ser consumidor durante más años. vaya, un freno “keynesiano” teledirigido y gerontológico. Una descastada eugenesia social.

¡Sí, leíste bien! Cargarse a tu abuelo, a tu madre o a tu padre, a los míos, a los de tu vecino, socio, compañero sentimental. En ese maremágnum de información viene implícito, casi escondido, el planteamiento, dejándolo allí aparentemente al azar. Hay quien dice que ya hay médicos en algunos lugares del mundo que están siendo apoyados psicológicamente para poder tomar esas diabólicas decisiones, para poder discernir quien toma el respirador ante la escasez, quien toma la cama de terapia intensiva, para desechar a algunos. Así, tipo el abominable programa de Solución Final, pero dirigido a la senectud. Poniendo precio a una vida y a otra. ¡Vales menos entre más años hayas cumplido, colega!

Hay teorías que ya se publican por aquí por allá, de la conspiración tipo película de Mel Gibson, donde se dilucida, se discute, si efectivamente, este virus fue un invento generado para poder aniquilar a los viejos que tanta carga social y tanta carga financiera representan, como lo hemos observado, como ha dicho gente en Italia, en Estados Unidos, en China misma, en la que un significativo porcentaje de los muertos eran jubilados mayores de 60 años de edad.

¿Qué toma en la vida de un ser humano para poder elegir quién debe de morir? ¿Cuándo tuvimos esa facultad, ese derecho para jugar a ser Dios y poder definir y dirimir nosotros sobre quién sobrevive y quién no? ¿Quién tiene más derecho para poder aspirar a un tratamiento médico, terapéutico, para poder seguir asido a la vida? ¿Quién tiene derecho a dejar morir a tu abuela, tu madre, a cambio de la vida de quien tiene 20 o 30 añitos entre pecho y espalda?

Dónde perdimos esa característica de humanidad para desdeñar a los mayores que han representado ese origen, esa fuente de sabiduría, esa fuente de prudencia, ese cariño incondicional, y, sobre todo, en la mayoría de los casos, esa fuente de financiamiento de tu techo, tu alimentación, tus estudios y las tres cosas materiales que hoy atesoras muy por encima de la vida y de la dignidad de quien hoy algunos tratan como desecho.

A qué hora nuestra frivolidad los hizo un estorbo terrible; en qué momento nos volvimos tan abyectos, tan imbéciles que pensamos que los viejos no sirven más que para consumir y estorbar a nuestra posibilidad de tomar otra bocanada de oxígeno, que nos permita seguir gravitando, huérfanos, y atomizados, en este mundo de felicidad virtual.

Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.