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Cómplices de la imbecilidad

Alfonso Villalba.

Te puedes hacer el despistado, el distraído, el sorprendido... Puedes poner esa carota de que no te enteras, de que estás muy ajeno a todo, de que tú eres de otro planeta, de otras hechuras.

Puedes emitir todos esos flamígeros epítetos que tu limitado vocabulario dispone, señalar con índice de fuego a todo quien te rodea y en un desplante histriónico darte un baño de pureza en una ducha de falsa inocencia.

También puedes optar, por supuesto, por negarlo todo y culpar a quien se te pegue la gana: al maléfico neoliberalismo, a la cultura de lo desechable, la frivolidad de las amistades virtuales, la era de la información, el sexo aséptico en la internet, a los conservadores, a los liberales, a los comunistas...

Puedes achacarle la culpa a Dios, al diablo o a cualquiera de esas novedosas sectas que tratan de ocupar el espacio vacante que ha quedado en tu alma (después de tantos años de decadencia, de engaños de tus líderes, amigos y contertulios) para manipularla, sembrar el odio o la apatía, llenarte la cabeza y el corazón de odio y de mierda patriarcal, y llenar sus bolsillos con tu confusión e ignorancia.

Y puedes también, ya de pasadita, configurar las culpas ajenas que se vuelven una maldición propia que te impide ser todo eso que declaras y que enmarcas en rosas pasteles y azules celestes en Instagram...

Puedes hacerte todo lo tonto que quieras, pero en el fondo no puedes eludir la culpabilidad de la complicidad de que otro macho como tú golpeé hasta la muerte a su pareja, insulte a la mujer que pasa por su banqueta, utilice, mate, secuestre, veje, venda a un ser humano por la única y exclusiva razón de su género.

Sí, porque aunque tus miedos e ignorancia te catapulten hacia el rechazo a todo por ajeno, eres esa pieza fundamental que construye esta falacia que llamamos civilización posmoderna, esta hipocresía que galantemente designamos como la era de la posverdad, como si ese rimbombante título fuese un excluyente de responsabilidad para comportarnos como imbéciles; para ser unos cretinos de la discriminación y el ataque artero a quien por las mismas razones hemos dejado indefensas ante la voracidad, la estupidez y la impunidad de quienes las depredan.

Sí, así laicos y falsos agnósticos, devotos de cualquier confesión, sujetos activos del delito y los que como tú contemplan las atrocidades feminicidas sin un par para decir esta boca es mía e impedir seguir en un viaje feroz que se convierte ya en una maldecida realidad perniciosa.

Yo no sé si tú te vas a atrever a hacer un acto laico de contricción o no; o si deliberadamente optas por seguir haciéndote tonto. Por más que me digas que tasas en un valor tangible lo que aportas a tu comunidad, o lo que le quitas --o lo que rabiosamente resientes que no te da--, la realidad es que hoy el odio y el miedo te gobiernan, la complicidad te envilece. El precio de la vida es una Alerta Amber sin contestar, es el regreso de la escuela, un bar de copas, una estación del metro, el campus de tu universidad. Sí, ese es el valor hoy de la vida de ellas que tú, con atole en las venas, contemplas pasivamente día con día. Un levantón que reduce a ese asqueroso e impune instante el valor de la existencia de ellas, de los sueños de ellas, de sus promesas que jamás podrán cumplir, su voz que jamás volveremos a escuchar.

Por más que me lo digas, la verdad, resulta irrelevante si tu optas por un camino u otro, pues el resultado es siempre igual. Culpas ajenas. Como un argumento de esos a los que llaman circulares. A más indiferencia, mayor deterioro social. A mayor vacío, mayor angustia comunitaria. En todo caso, mayor aislamiento de unos y otros, católicos, judíos, musulmanes, hare krishna. Morenos, blancos, hispanos, asiáticos, negros, altos o chaparros; hombres y mujeres. Cada vez más ajenos, distantes, extraños..., luego antagónicos, adversarios, enemigos.

Este ser humano del siglo veintiuno que no atina a definir si viene o si va, que pretende destruir todo lo que huela a pasado, que tiene una expectativa de vida longeva con la cual no sabe qué diablos hacer, que confunde las estrellas y la luna con las luces estroboscópicas y que contempla al planeta a través de una pequeña pantalla luminiscente que cabe en la palma de su mano.

Culpas ajenas, a juzgar por la criminal indiferencia que tienes hacia ellas, las mujeres víctimas en Juárez, Tijuana, Tapachula, Ecatepec..., en cada municipio de tu México que tanto adoras y que apuñalas por detrás. Vivimos felices, declaras en tus discursos y en tus redes sociales mientras contemplas como tu vecino sorraja sus frustraciones y complejos sobre la humanidad de su hija, su pareja o su ex que ya no lo pela, y le cancela por siempre los signos vitales, sin opción de supervivencia, simple y sencillamente por la imbecilidad que ha dejado como secuela nuestro contexto deshumanizante del siglo veintiuno.

A juzgar por ese precio, ese valor que das a la vida de ellas, decía, y habida cuenta que parece más importante proteger la integridad física de un teléfono inteligente en el que habitan nuestros verdaderos pares, amigos que con sinceridad nos dan un like o dos al día, quienes comparten nuestras fobias por quienes son diferentes.

¿Acaso eso vale la vida realmente? Acaso estamos dispuestos a devaluar de esa manera el derecho a gravitar por este planeta y zanjar nuestras diferencias, nuestra rabia desinformada, manipulada e injustificada, avasallando y aniquilando a las mujeres en continuación a siglos de estupidez machista, generando una de las épocas más siniestras y oscuras de nuestro tránsito terrenal en contraste a la brillante posibilidad que nos brinda un mundo de equidad, respeto y valor compartido de hombres y mujeres?

¿Por qué un hombre mata a una mujer? Una y otra, y otra vez. Asesinar, aniquilar mujeres se ha vuelto trivial, cotidiano, parte del paisaje para ti.

Tú decides, yo decido: el vacío de nuestra memoria, la asignación de culpas a mansalva y sucumbir manipulados, crispados, atomizados, o la acción diferenciada de la paz, el respeto a la diversidad y la lucha valiente por la vida?

Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.